martes, 6 de noviembre de 2007

SIN TÍTULO 1

Miraba el farol mientras sus pies se hundían en la niebla, la noche era tibia, un aire cálido circulaba por la ciudad, aire denso, con cuerpos de gaviotas perdidas en la bruma, la niebla cabalga por las calles como un rumor ácido, mil naranjas se parten en el cielo, mil recuerdos se parten en su vida, lloró.
Cantaba una melodía con olor a burdel para acompañar su anciana juventud, besó la soledad con labios secos, bailó sobre su cuerpo desnudo pisando con sus talones recios los cabellos de la infancia.
Un niño corre tras una pelota.
Un niño juega con tierra.
Un niño come barro después de enterrar a su madre muerta y violada.
Toca esa melodía que huele a burdel, besa mi alma ronca, fuma el humo de mi boca y juega a llorar. Que tus lágrimas caigan cubiertas con paños rojos, vestidas de reinas.
Dos minutos, dos vidas, tres años.
Veo y vuelvo.
Vuelvo y vuelo.
Vuelo y caigo.
No tenía alas.
Dos lágrimas caen por mis mejillas, ruedan por el borde mi rostro y comienzan a volar. Entendí. En cada lágrima un trozo de mi cuerpo podía volar, me desangré llorando, ya no necesitaba alas.
Primero se fueron mis pies.
Segundo se fueron mis manos.
Tercero se fueron mis ojos.
Ahora no soy mi cuerpo, mi cuerpo partió en busca de mi alma y sin embargo aún puedo respirar.
Dos vidas, tres años, dos minutos.
Espero que vuelvan.
No tengo ojos, hoy puedo escuchar.
No tengo pies, hoy puedo estar.
No tengo manos, hoy puedo reír.
A lo lejos escucho la llegada de mi alma, mis pies estacionan un carro a dos vidas de mi, mis ojos guían el camino, mis manos preparan el encuentro, escucho los pasos suaves, comienzo a reír.
Mi cuerpo encontró a mi alma.
Mi cuerpo dejó a mi alma a dos vidas de mí y yo no tengo pies, hoy solo puedo estar, esperar el mañana en que nos podamos juntar.

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